NacĂ sin ruido. Como el amanecer que se cuela entre las tejas de las casas encaladas. Ayamonte me vio llegar al mundo una mañana tibia, de esas que huelen a mar y a pan reciĂ©n hecho. CorrĂa el año de mil ochocientos cinco, aunque nadie lo apuntĂł en ningĂşn sitio importante. Mi padre, hombre de manos partidas por la sal, tiraba de las redes con el alma encallada. Mi madre, mujer de sabidurĂa callada, curaba con plantas lo que el tiempo no sabĂa sanar. Y yo... yo crecĂ entre silencios y papel, con los ojos siempre buscando historias que nadie contaba. Nunca firmĂ© mis palabras. EscribĂa en los márgenes de la vida, como quien deja huellas en la arena sabiendo que la marea vendrá. Poemas, cartas que nunca enviĂ©, relatos de la gente del puerto, de los sueños ahogados en la taberna, del niño que hablaba con gaviotas. AmĂ© poco, pero intensamente. A una mujer que leĂa mis cuadernos cuando yo no miraba. A un amigo que se fue a la guerra y volviĂł sin alma. A este pueblo, que me dolĂa y me salvaba al mismo tiempo. VivĂ tiempos duros: hambre, guerra, pĂ©rdidas. Vi pasar tropas, ver morir a inocentes, escuchĂ© gritos que se quedaron en mi pecho para siempre. Pero nunca dejĂ© de escribir. Porque mientras pudiera poner en palabras lo que sentĂa, no estaba del todo perdido. Nunca busquĂ© fama, ni gloria. Solo quise que alguien, algĂşn dĂa, encontrara una de mis hojas sueltas... Y al leerla, se sintiera un poco menos solo. Ahora, desde este rincĂłn invisible del tiempo, sĂ© que mi cuerpo se disolviĂł Ver mais