El suelo de madera del salón crujÃa levemente mientras ambos caminaban descalzos hacia el sofá. Era una tarde tranquila, pero el ambiente se habÃa vuelto extrañamente magnético desde que, entre risas y comentarios casuales sobre la estatura, surgió el tema del calzado. Ella, con sus imponentes 1,80 metros de altura, siempre habÃa llevado su talla 42 de mujer con la seguridad de quien sabe que sus piernas largas necesitan una base firme y estilizada. Él, un hombre de estatura media-alta, calzaba exactamente un 42 de hombre.—No puede ser —dijo él, deteniéndose a medio camino y mirando hacia el suelo con una mezcla de curiosidad y asombro—. Tus pies no pueden medir lo mismo que los mÃos.Ella sonrió, desafiante, sintiendo un cosquilleo de anticipación en el estómago.—Pruébalo —respondió, sentándose en el borde del sofá y extendiendo las piernas.Él se acercó despacio. Se sentó a su lado y, con una lentitud casi deliberada, estiró sus piernas hasta colocar sus pies justo al lado de los de ella. El contraste visual inmediato fue impactante y provocó un silencio repentino en la habitación.MedÃan exactamente lo mismo de largo.Al alinearlos talón con talón, las puntas de sus dedos gordos coincidÃan al milÃmetro en una simetrÃa perfecta. Sin embargo, las fisonomÃas eran fascinantemente distintas. El pie de ella, una talla 42 femenina, era una pieza de ingenierÃa anatómica estilizada: de empeine alto, con lÃneas limpias y dedos largos y finos que dibujaban una silueta elegante. El de Ver más