La manifestación que se presentó aquel día ante la Alhambra tenía algo de carnaval, de huelga y de insurrección, pero también de parábola. Los primeros en llegar fueron los robots. Habían salido de los invernaderos de Almería, donde hasta hacía pocos años los hombres habían arrancado tomates de la tierra bajo un sol que parecía querer freírles la sangre; de las cocinas y los salones de los restaurantes de Madrid, donde habían sustituido a camareros, cocineros y ayudantes; de las empresas de limpieza, de las fábricas, de los almacenes y de aquellos nuevos servicios cuya existencia apenas había dado tiempo a que los diccionarios incorporasen sus nombres. Los habían montado en autobuses como si fueran trabajadores trasladados a una concentración sindical. Algunos conservaban en el pecho las etiquetas luminosas de las empresas que los habían comprado. Otros llevaban todavía manchas de grasa, tierra o detergente. Y todos avanzaban hacia el palacio nazarí con una pancarta electrónica que repetía, en letras rojas: «NOSOTROS TAMBIÉN TENEMOS DERECHO A NO SER NECESARIOS». Detrás de ellos apareció la parte más desconcertante de la manifestación: los humanos. Eran, en su mayoría, trabajadores migrantes. Caminaban con escobas, cubos, bayetas, paletas de albañil, herramientas agrícolas y monos de trabajo. Pero no trabajaban para sí mismos. Limpiaban los robots. Los frotaban hasta sacarles brillo. Les quitaban el polvo de las articulaciones, la cal de los brazos mecánicos y el barro de las See more